lunes, 27 de noviembre de 2017

Avanzar, cambiar, decidir...



 Un maestro de la sabiduría paseaba por un bosque con su fiel discípulo,

cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una
 
breve visita al lugar. Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la
 
 importancia de las visitas, también de conocer personas y las oportunidades
 
de aprendizaje que tenemos de estas experiencias.
 
Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes, una pareja
 
y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas sucias y rasgadas, sin
 
calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y
 
le pregunto: ¿Si en este lugar no existen posibilidades de trabajo ni puntos de 

comercios, cómo hace usted y su familia para sobrevivir aquí?

El señor calmadamente respondió: amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da 

varios litros de leche todos los días.
 
Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros
 
alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso,
 
cuajada, etc., para nuestro consumo y así es como vamos sobreviviendo.
 
El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento, luego
 
se despidió y se fue.

En el medio del camino, volteó hacia su fiel discípulo y le ordeno: busque la vaquita, 

llévela al precipicio de allí enfrente y empújela al barranco.
 
El joven espantado miró al maestro y le cuestionó sobre el hecho de que la
 
vaquita era el medio de subsistencia de aquella familia. Más como percibió
 
el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la orden. Así que empujó la
 
vaquita por el precipicio y la vio morir.
 
Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante algunos
 
años. Un bello día el joven decidió abandonar todo lo que había aprendido
 
y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y
 
ayudarlos. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito, con 

árboles floridos, todo habitado, con carro en el garaje de tremenda casa y algunos niños jugando en el jardín.

El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia tuviese 

que vender el terreno para sobrevivir, aceleró el paso y llegando allí, fue recibido por un 
señor muy simpático, el joven pregunto por la familia que vivía allí hace unos cuatro 

años, el señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado el joven entró corriendo a 

la casa y confirmo que era la misma familia que visitó hacía algunos años con el maestro.

Elogió el lugar y le preguntó al señor (el dueño de la vaquita): ¿Cómo hizo para mejorar 

este lugar y cambiar de vida?

El señor entusiasmado le respondió: nosotros teníamos una vaquita que cayó por el 

precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y 

desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora.
 
Todos nosotros tenemos una vaquita que nos proporciona alguna cosa básica
 
para nuestra supervivencia la cual es una convivencia con la rutina, NOS
 
HACE DEPENDIENTES, Y CASI QUE EL MUNDO SE REDUCE A LO QUE LA 

VAQUITA NOS PRODUCE.



Todos en algún momento de nuestra vida necesitamos un cambio, conseguir nuevas 

herramientas, encontrar apoyos… Esto ocurre cuando no conseguimos salir de una 

situación que nos afecta más de lo que debería.

Queremos tomar decisiones, avanzar, pero el miedo y las inseguridades nos lo impiden. 

El miedo es una emoción básica, no es algo malo, es adaptativo; nos avisa del peligro y 

nos ayuda a valorar riesgos. Por ello, lo mejor es aceptarlo sin alimentarlo porque si lo 

hacemos siempre ganará él. 

martes, 7 de noviembre de 2017

Las tres rejas



El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice:

- Oye maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia.....

- ! Espera! - lo interrumpe el filosofo - ¿ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?



- ¿Las tres rejas?

- Si. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

- No. Lo oí comentar a unos vecinos.

- Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?.

- No, en realidad no. Al contrario...

- ! Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

- A decir verdad, no.

- Entonces, dijo el sabio sonriendo

- Si no sabemos si es verdad, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.



Estas rejas nos ayudan a valorar si merece la pena prestarle atención a todo lo que se 

cuenta. De todas las cosas que llegan a nuestros oídos  o, incluso, que vemos 

con nuestros propios ojos, ¿Cuáles debemos tomar en consideración? No nos quedemos 

en el mensaje, pensemos también en su utilidad, en su fiabilidad, en cómo puede afectar 

a la persona a la que se lo vamos a contar.


lunes, 23 de octubre de 2017

Trastorno adaptativo



Ana siempre ha sido una chica con una energía desbordante, entusiasta y muy alegre, 

pero desde hace ocho meses siente que se encuentra en una situación insostenible y no 

es capaz de encontrar solución, se siente atrapada y desesperada, siempre está 

preocupada y muy nerviosa.

¿Qué le ocurre a Ana? ¿Por qué ha cambiado tanto? ¿Qué pasó hace ocho meses?



Hace ocho meses Ana iniciaba una vida nueva en una ciudad desconocida, hasta 

entonces, para ella. En esta nueva ciudad Ana no tiene ni amigos ni familiares y 

conforme pasa el tiempo la situación se vuelve más estresante.


Todos vivimos situaciones difíciles en algún momento de nuestra vida (conflictos, 

pérdidas, etc.) a veces estas situaciones nos desbordan y podemos experimentar un  

trastorno adaptativo, es decir, una respuesta desadaptativa a uno o varios factores 

estresantes (cambio de trabajo, separación, conflicto familiar…). Este trastorno genera 

un malestar intenso, irritabilidad, aislamiento, conflictos personales, apatía, etc. pero 

se puede solucionar con terapia y entre las técnicas que se utilizan se encuentra el 

entrenamiento en resiliencia

lunes, 9 de octubre de 2017

El Síndrome del impostor




¿Tu hijo o hija obtiene unas calificaciones estupendas, elogios por parte de sus 

profesores/as, tiene éxito en los deportes y, a pesar de todo, sigue pensando que todo 

esto se debe a la “buena suerte”? ¿tienen la sensación de no estar a la altura, de no ser 

lo suficientemente buenos? Si esto es así, podemos estar ante un caso de síndrome del impostor.


Las personas que padecen este síndrome no se sienten merecedoras de lo que 

consiguen, suelen ser muy exigentes consigo mismas, se ponen una lista de tareas 

imposible de realizar.


En mucho de los casos se sienten la oveja negra de la familia, ven que sus hermanos/as 

son los inteligentes, ellos o ellas los simpáticos; piensan que sus padres han obtenido 

logros que ellos/ellas jamás podrán alcanzar.


Entre las consecuencias de este síndrome, se encuentran:
·       
-   El miedo a pedir lo que les gustaría.
·   
El miedo a hacer cosas nuevas.
·      
-    Sentirse mal cuando le elogian.
·      
-    Baja autoestima.
·       
-   Falta de motivación.
·         
Abandono de actividades.
·        
Buscar excusas para no quedar con gente.
·        
Etc.

Las consecuencias van aumentando a medida que la situación se va prolongando en el 

tiempo.